Invitado estelar del más reciente Salón del Cómic de Barcelona, celebrado en junio pasado, Mignola es un tipo amable y relajado, pequeño y pálido, que ante los periodistas que lo acosan confiesa pasar muy poco tiempo dibujando, que ama el folclor y la mitología, y que lo que más le gusta es leer y dormir. Dice, además, que su estilo tan personal le trajo más de un problema en los inicios de su profesión: “A mis editores les gustaba mi estilo, pero no sabían qué hacer conmigo”, comenta el artista, quien comenzó a dibujar a principios de los años 80. Entonces era uno de tantos empleados de la industria del cómic estadounidense, en la que los superhéroes pasan de mano en mano. Más cercano a la historieta europea, Mignola prefería los monstruos a los héroes de capa, por lo que decidió inventar su propio demonio, protagonista de historias marcadas por el humor y el horror.

¿Qué significa Hellboy para usted?
¡La posibilidad de no volver a dibujar a Batman! (ríe). Me permite coger mis propias ideas y llevarlo todo al papel. No siento que dibujar y escribir Hellboy sea un trabajo real. Hay mucho que hacer, pero es mi trabajo personal.

¿A pesar del éxito de su personaje, ha sido tentado para volver a dibujar a algún superhéroe clásico?
Trabajé para la Marvel y la DC por diez años. Antes de hacer Hellboy, hice Batman, Superman o los X-Men. Créeme: ahora que hago mi propio trabajo no estoy interesado para nada en dibujar a personajes creados por otros.

Usted ha participado en los diseños para el nuevo filme de Guillermo del Toro, “The Hobbit”. ¿Puede hablarnos de ese proyecto? No puedo hablar mucho de ello, pues es “top secret”. Solo puedo decir que llevo trabajando una semana en él. Acabo de empezar y me es difícil hablar del tema. Estuve en Nueva Zelanda y fui testigo del increíble trabajo que diversos artistas han realizado para esta “precuela” de “El Señor de los Anillos”, instalada en plena Tierra Media.

¿Hasta qué punto usted puede controlar las versiones cinematográficas de Hellboy?

No tengo ningún control, si entendemos ello como el derecho de decir no. Puedo sugerir, puedo hacerle escuchar mi opinión al director (Guillermo del Toro), pero nada más. El único control que ostenta un autor es negarse a vender sus derechos. Una vez vendidos, pierdes todo el control que puedas tener sobre ellos.

“En la capilla de Moloch”, la última aventura publicada de Hellboy, tiene que ver con las pinturas negras de Goya. ¿Cuánto debe su obra a este pintor?
¡Soy un “fan” de Goya! Esa aventura fue una excusa para jugar con mis amadas imágenes de Goya. Para mí, lo interesante de esa historia fue poder retratar a un artista obsesionado por esta obra y sacar su personalidad y su forma de ver el mundo. Quería trabajar un personaje que fuera un artista.

Usted es un lector voraz de cuentos populares, fábulas y leyendas arcaicas. ¿Todo ello nutre las historias de Hellboy?
Todo lo que me gusta lo meto en Hellboy. De niño me gustaban los cómics de la Marvel, especialmente los de Jack Kirby. Luego crecí y empecé a leer Drácula, mitología, folclor, viejas historias victorianas de fantasmas. Todo aquello fue una influencia. Al inicio, como no tenía ninguna experiencia como escritor, para que la historia fuera creíble lo que hice fue poner mis palabras en boca de Hellboy. Le di al personaje mi personalidad. Él habla con las mismas palabras que yo mismo hubiera dicho.

Fue el autor del diseño visual de “Atlantis”, película injustamente infravalorada. ¿Sigue interesado en la animación?
He tenido la suerte de tener oportunidades de llevar mi carrera por distintos caminos. “Atlantis” no fue una experiencia interesante. Pero entonces comenzaba a hacer Hellboy. Para mí no hay nada mejor que regresar a casa y trabajar en un proyecto propio.

¿Le sorprendió el éxito de taquilla de las dos aventuras cinematográficas de Hellboy?
No lo llamaría un gran éxito de taquilla, pero sí. Todo el mundo en el estudio se sorprendió.

Hellboy reivindica la diferencia, hace evidente que las apariencias engañan, se rebela contra el “establishment”. ¿Cuánto de crítica política desliza intencionalmente en sus historias?
Si hay en mi trabajo un reflejo del panorama político, no es intencional, no me interesa. No trato de forma consciente el mundo del día a día. Quizá lo que sí puede influenciarme es el humor del momento. Por ejemplo, estuve en Nueva York el 11 de setiembre (2001). Tenía el proyecto de hacer una pequeña y divertida historia sobre sirenas, pero finalmente no la hice. Me salió una historia muy triste, algo que no había sido mi intención.

Un autor como Alan Moore ha comentado que los superhéroes muestran el lado fascista de la sociedad estadounidense. ¿Usted qué opina?
Pienso que es una simplificación decir que los superhéroes son fascistas, aunque tampoco voy a discutir con Alan Moore, que es un tipo más listo que yo. Sin embargo, los superhéroes no son una sola cosa, son muchas. Déjame decirte que no pienso nunca en ese tipo de cosas. No pierdo el tiempo pensando en cómo debe ser un superhéroe. En Estados Unidos, el cómic está siendo considerado ya un arte con mayúsculas, pero durante mucho tiempo se basó en los superhéroes, lo que lo condenó a ser consumido por un público más infantil. Una de las pruebas de que las cosas están cambiando es que hoy se considera al genial Jack Kirby uno de los artistas de pop art más consagrados. Eso demuestra que las actitudes están cambiando, aunque lentamente.